
Me llamo Mar Costa y tengo 18 años. Vivo en Quito, la capital de Ecuador. Aunque no es una ciudad particularmente tranquila, posee un encanto propio que se hace evidente con el tiempo. Nací el 14 de agosto de 2007, exactamente a la una de la tarde, y a veces siento que mi vida ha pasado demasiado rápido. Supongo que esa sensación nace de que, en general, he sido muy feliz durante la mayor parte de mi vida.
Cuando digo eso, no pretendo exagerar, sino simplemente ser honesta: la felicidad siempre me ha acompañado, de una forma u otra, en cada etapa. Sin embargo, con el tiempo empiezan a llegar esos golpes de realidad que te obligan a dejar atrás cierta ingenuidad y a ver el mundo con otros ojos. Mi primer golpe llegó en 2015, dos días antes de Navidad, cuando mi perrita desapareció y jamás logró encontrar el camino de vuelta a casa. Años después, en 2020, la pandemia irrumpió en nuestras vidas; al principio parecía una amenaza lejana, pero pronto nos obligó a aislarnos del mundo justo cuando yo estaba en pleno proceso de crecimiento y descubrimiento personal. El golpe más duro, sin embargo, fue reciente. Hace apenas dos años perdí a mi abuela, y esa experiencia me obligó a crecer de una manera drástica. Fue como si, de un día para otro, me convirtiera en una adulta y, con cierta nostalgia, dejara atrás aquella infancia tan luminosa que siempre había dado por sentada.
Podría contar mi vida entera, pero no tengo paciencia para eso. En cambio, sí puedo decir que los momentos difíciles, tanto como los más alegres, son lo verdaderamente importante: aquello de lo que, al final, se ha alimentado mi vida. Supongo que de eso se trata vivir: de ir sumando momentos (unos que te rompen y otros que te levantan) y también de nutrirse de la convivencia con los demás y de la relación que construimos con nuestro entorno, con la tierra. Entre todo eso, encontrar la versión de ti que sigue adelante y que, de alguna manera, ayuda a construir un mejor camino.












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