Zumag Cacuango tiene 23 años y ya es madre de 4 hijos. Su vida en Natabuela, Ecuador, es tranquila y relajante: “Aquí la gente es muy amable y no sufrimos racismo porque somos una comunidad muy unida y todos pertenecemos a estas raíces”. Cuando le pregunté si alguna vez había estado en la ciudad, en Ibarra, me contestó: “De estar, he estado, pero muy pocas veces. A penas lo recuerdo porque era muy niña”. Además afirma que no le gustaría reemplazar su tranquilidad en el campo, por el ritmo frenético de la ciudad.
Zumag vive con sus otras dos hermanas en la misma casa y todas están casadas y tienen al menos dos hijos. A pesar de disfrutar de su día a día, la joven afirma que no todo es tan sencillo: “La vida en el campo no es fácil. Claro, tienes calma y no todo va tan rápido, pero el trabajo es duro y no vives de un sueldo fijo. Para nosotros, no hay fin de semana para descansar. Tenemos que salir cada día a ganarnos la vida, a mantener a nuestros hijos y eso es algo que puede ser muy duro, no solo por la incerteza, sino también porque debes esforzarte mucho más, quizás, que en otros lugares”.
Los padres de Zumag viven en una comunidad que se encuentra a más de dos horas de distancia en auto y el acceso al transporte público es limitado. Por esta misma razón, sus visitas se han reducido a una al mes.

Con 45 años, sus padres, venden en el mercado de su comunidad cada día. Ella siguió su mismo camino, con una jornada larga de trabajo incansable: “Me toca madrugar, trabajo cada día de 5 de la mañana a 2 de la tarde. Llego para hacer el almuerzo a mis hijos y luego, si no he conseguido el dinero esperado, vuelvo al mercado hasta las 6 de la tarde”.

Durante toda la entrevista, Zumag se mostró muy alegre y dispuesta. Sin embargo, afirma que “la vida no siempre le sonríe”. Ser mujer, indígena y pobre, en Ecuador y en la mayoría de países latinoamericanos, es difícil. El racismo no solo continúa siendo un tema vigente, sino que también se ha intensificado como consecuencia del paro de octubre: “Nosotros, en la comunidad, nos aceptamos tal y como somos. Lastimosamente, yo ya no hablo kichwa, ya no aprendí. Mis padres no nos quisieron enseñar porque querían que sobre todo hablemos en español. Existe mucho autoodio. Además, ahora con el tema del paro, el odio hacia nosotros se ha vuelto más presente. Personalmente, a mí no me ha pasado nada, pero mis hermanas, que han tenido que ir a la ciudad de Ibarra, han sido maltratadas y discriminadas hasta por los indígenas mismo”.
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